Seguro que todo el mundo puede escribir un libro con las historias que les hicieron perder la fé en las relaciones sentimentales. Moderna de Pueblo le preguntó a sus lectores y salieron estos 15 capullos. ¿Con cuántos os habéis encontrado a lo largo de vuestras vidas?
“Te llamo luego.”/ “Luego hablamos.” El luego: ese espacio que va de los 2 segundos a la eternidad más 1. Es aquel que te conoce de noche, te mira extasiado, te ríe todos tus chistes, babea cuando te ve bailar… Para él, eres la tía más especial que jamás ha conocido. Os enrolláis y al día siguiente, tras hacerte el café, y caer encandilado entre tus brazos, en la despedida suplica por tu número de móvil, y cuando al final lo consigue te suelta un “te llamo luego” o “luego hablamos”… y queda mudo para siempre.
Un ejemplo es Leonardo DiCaprio en el Titanic. Nosotras pensamos que se ahogó para salvar a su enamorada; pero lo que realmente pasó es que había visto a otra que le molaba más… y susurró al oído de su chica un “luego hablamos”… desapareciendo para nunca más volver.
El capullo más grande que me he cruzado en mi vida se llamaba José. Éramos compañeros de francés y empezamos a salir. Tanto él como yo estábamos muy enamorados, hasta que a los 5 meses decidí irme de viaje a Europa (soy de Argentina).
Durante el viaje nos distanciamos y se empezaron a generar peleas que yo no estaba dispuesta a soportar. A los pocos días de haberlo dejado, empezó a recriminarme que su psiquiatra lo estaba medicando por mi culpa y, cuando volví de viaje a los 9 meses, empezó a acosarme para volver. Le dije que no.
Unos días antes de navidad me envió una carta suicida a la que no respondí. Y en Semana Santa, supuestamente su hermano empezó a mandarme mensajes de texto diciéndome que José estaba internado y que estaba tomando pastillas por mi culpa. Cambié el teléfono pero al cabo de un mes me llega un mail de “su hermano” diciéndome que José se había suicidado.
En ese momento casi me muero, lloré como 2 horas y se me ocurrió llamar a un amigo de él que todavía tenía en el teléfono del móvil. El amigo me dijo que no sabía nada pero que lo iba a averiguar. Me llamó a los 5 minutos diciéndome que Jose (el muerto) estaba de viaje con su mamá y que estaba perfectamente bien.
Después de eso me llegaron un par de mails más con unos supuestos obituarios hechos por él mismo que en teoría me los enviaban los amigos. No se qué fue de ese capullo, pero sé que no estaba muerto, estaba de parranda.
Desgraciadamente me he topado con muchos capullos, y al ver esta sección mis amigas me animaron para que la usara como terapia (capulloterapia). Quería hablaros del más especial: el capullo menstruación. Es un tío con el que ya no tienes nada serio, pero hace acto de presencia una vez al mes para que no te olvides de su existencia. Y cada vez que aparece te ocurre como con la regla. Te alegra saber que sigue ahí como cada mes, PERO:
1.Duele. Por mucho que creas que no te afectará tanto, cada vez que viene te deja igual de jodida que la anterior o más.
2.Te hace odiar ser mujer.
3.Te quita las ganas de irte con ningún chico (de lo único que te encariñas es del cutre-pijama que no te quitas en todo el fin de semana).
4. Y te da por encerrarte a ver pelis y comer chocolate. Por suerte, un día premenstrual reuní las fuerzas para cantarle las cuarenta y por fin voló como si tuviera alas.
Érase una vez un capullo con mucha labia, de esos que te engatusan desde el primer momento. Hablan bonito, escriben poesía, tocan la guitarra… ¡¡y no son gays!! Toda una locura. Me tenía hipnotizada. Pero nunca es todo perfecto, siempre hay algo que falla… ¿no?
El susodicho, tras prometerme durante largos meses amor eterno, se larga de fin de semana. Pero no el típico “finde loco con los amiguillos”; se va a orar (sí hijas mías sí, cristianito hasta la médula).
A su vuelta me cuenta que ha hablado seriamente con Su Señor y… ¡Oh! Le ha dicho que no soy la indicada. Pa llorar.
MENUDO CAPULLO. No por dejarme de la forma más inimaginable posible, que también, sino porque en aquel maravilloso finde, en vez de hablar con “Su Señor” conoció a una nueva SEÑORA. Dos años después, sin tener el más mínimo contacto, me agrega de nuevo a Facebook (me borró al dejarme) para decirme que quiere que volvamos a ser “los AMIGOS que un día fuimos”.
Tras conocerlo en Tinder y enamorarme de su pelo largo y rubio, de sus ojos azules, sus largas pestañas, y después de tontear con él en tres citas, me preguntó si quería subir a su casa. Y yo, que estaba sobria y relajada, le dije: “Quizá otro día.” 4 cervezas después me volvió a formular la pregunta, solo que esta vez yo ya estaba más cariñosa, y dije entusiasmada: “¡¿Por qué no?!”
Tras casi una hora en transporte público me dijo que quizá su casa estaba un poco desordenada, y yo pensé: “No será para tanto…” ERROR. Tan solo abrir la puerta me di cuenta de la realidad: ropa arrugada sobre el sofá, al menos 50 botellines de cerveza al lado del televisor, una caja de pizza (con un cacho dentro) sobre la ropa que estaba sobre el sofá y latas de guisantes abiertas con el tenedor dentro. Su habitación no era muy distinta. En ese momento me sentí bipolar: no sabía si salir corriendo o ponerme a limpiar -¡de follar ya ni hablemos!-.
Total, que le dije que no podía vivir así, y unos días después fui a ayudarle a limpiar mientras él pintaba las paredes, que en vez de blancas parecían marrones. Después de eso, con su casa limpia y recién pintada, y tras habernos acostado, me hizo el truco “Don Limpio”: ¡desapareció sin dejar NI RASTRO!
Una de las clases de capullas más frecuentes es la “Capulla de la CIA”. Losservicios secretos de inteligencia se quedan cortos al lado de una capulla controladora, celosa y loca. Posee un detector de mentiras incrustado en su metabolismo que hace que sea imposible engañarla. Tiene agentes (amigas espías entrenadas duramente para estas misiones) colocados estratégicamente en todos los puntos de la ciudad que el chico frecuenta. Graba las conversaciones que mantiene con él para utilizarlas en su contra, hace pantallazos de WhatsApp para echarle en cara la última hora de conexión. Si él no quiere confesar sus pecados, irá a por los amigos, a quienes, después de emborracharlos, enfocará con la linterna del smartphone para hacerles un interrogatorio como en toda buena serie policíaca. Se hará más de un perfil en Facebook, fichará a todas las chicas que comenten una foto de su amado y tendrá siempre en el punto de mira a las ex. ¡Manténgase fuera de su alcance, es altamente peligrosa!
Se trata del novio o de la novia con el/la que llevas ya un lustro y al/ la que le conceden la famosa y temida beca ERASMUS. Justo antes de que se vaya a su destino, comienza el gran dilema:”¿Qué hacemos, lo dejamos o seguimos?”… Después de unos cuantos come-come y varias deliberaciones, el que se queda sucumbe a las delicias del amor y acepta continuar con esa relación 100% lealtad, pero a distancia. Mmmm…
Después de interminables meses de amor sin gluten, muchas sesiones de insípido Skype, algunas visitas al susodicho/a y tener que dar calabazas a ‘to’ quisqui (porque sí, tú estás buenorra/o)… Justo 1 MES antes de que su beca termine (típico), te comunica su decisión de cerrar el chiringuito (algo que supo desde el primer momento en que vio cómo estaba el mercado internacional).
Al principio te cuenta la milonga de que la distancia ha enfriado la relación, pero con el tiempo nos enteramos de lo OBVIO: ¡que le han comido el chorizo serrano/la tortilla española sin cesar! Y, además, que se lo han cocinado de todas las maneras: a la francesa, a la putanesca, flambeado, con un baño de crema inglesa, vuelta y vuelta, muy hecho…
Moraleja: si tú, él o ella os vais de Erasmus, ya que vais a probar la gastronomía internacional de medio mundo (que tod@s sabemos que es ley universal), por lo menos id sin tener pareja y FOLLAD EN UN BUFFET LIBRE. Y, ya de paso, dejad que los que se queden disfruten del PRODUCTO NACIONAL!
Yo tenía 23 años cuando lo conocí, él 30. No es que estuviera loca por él, pero debido a mi inmadurez con las relaciones y a que el tipo era mayor, me dejé llevar. Era un tío con carrera, buen trabajo y un poco pijo, no el clásico prototipo, pero se movía en los ambientes “rancio-pijos” del barrio Salamanca. La historia comenzó sin gran entusiasmo: cenas, paseos y sexo más bien flojo. Cuando me debatía entre mandarlo a su casa o seguir dándole una oportunidad, su novia o exnovia (todavía no me ha quedado claro) irrumpió en mi teléfono móvil, preguntándome que a ver quién era yo y que si me parecía normal salir con un chico que iba a empezar a vivir con su novia.
El señor capullo trabajaba como profesor de inglés. Era guapísimo, rubio con barba, de más de metro noventa y pasaporte estadounidense. Parecía sacado de un anuncio de Calvin Klein.
Lo nuestro no iba en serio, al menos por el momento. Pero llegó el buen tiempo y con él vino la noticia de que se iba todo el verano a dar clases de inglés al remoto Egipto. Al cabo de unas semanas de su partida hacia la tierra de los faraones y tras varias conversaciones sobre qué tal le iba la vida allí, una calurosa noche estaba en la terraza de un bar con unos amigos cuando me encontré a mi capullo paseando acarameladamente de la mano con otra chica.
Él no me vio, o al menos eso creo. Podría haberme ido hacia él en ese mismo momento para pedirle explicaciones, pero preferí no hacerlo. No veía qué necesidad había tenido de inventarse ese viaje. Al cabo de unas semanas me escribió diciendo que ya había vuelto de Egipto y que quería verme. Le respondí diciendo que ahora era yo la que estaba en Egipto.
Hacía años que nos conocíamos. Era moreno, alto, guapo, con barba, mucha labia y muy poca vergüenza. Sabía cómo gustar a las tías y no perdía el tiempo. Llevábamos meses enrollándonos, cuando una noche salimos de fiesta con unos amigos. Empezamos a liarnos en la discoteca y, a medida que pasaban las horas y el alcohol se apoderaba de nosotros, el tema se fue calentando. Cuando la decisión de terminar la noche juntos estaba ya tomada, fui un momento al servicio de la discoteca, antes de emprender el largo camino hacia su casa. Cuál fue mi sorpresa cuando salí del servicio y no estaba allí.
Lo busqué por la discoteca, pero nada. Así que le pregunté a mis amigos si sabían dónde se había metido. Y la sorpresa aún más grande vino cuando mis amigos me dijeron que se había ido a comerse una hamburguesa. ¡Había cambiado un polvo conmigo por comerse una triste hamburguesa!
Al día siguiente no supo ni qué excusa darme. Eso me dejó con la autoestima por los suelos y, por supuesto, fue lo último que se comió conmigo, literalmente.
“Te llamo luego.”/ “Luego hablamos.” El luego: ese espacio que va de los 2 segundos a la eternidad más 1. Es aquel que te conoce de noche, te mira extasiado, te ríe todos tus chistes, babea cuando te ve bailar… Para él, eres la tía más especial que jamás ha conocido. Os enrolláis y al día siguiente, tras hacerte el café, y caer encandilado entre tus brazos, en la despedida suplica por tu número de móvil, y cuando al final lo consigue te suelta un “te llamo luego” o “luego hablamos”… y queda mudo para siempre.
Un ejemplo es Leonardo DiCaprio en el Titanic. Nosotras pensamos que se ahogó para salvar a su enamorada; pero lo que realmente pasó es que había visto a otra que le molaba más… y susurró al oído de su chica un “luego hablamos”… desapareciendo para nunca más volver.
Era verano y el concierto estuvo genial. En medio de la multitud aparece ella, una diosa de la belleza. Era como si la música acompañara el movimiento de sus caderas y al recorrido que hacían aquellos ojazos.
Se acerca, tontea, empieza a ronronear y me confiesa ser heterosexual. Pese a todo, sigue ronroneando y deja a sus amigos para venirse conmigo. Después de demasiadas copas me susurra: “Quiero dormir contigo”. Y yo cedí (sin pensármelo dos veces, obviamente).
Pasamos varias semanas compartiendo sesiones de cervezas ‘after-work’ repletas de besos; y alguna que otra siesta. En cada cita no paraba de repetirme lo rara que se sentía y lo mucho que le gustaba yo, hasta que un día me quedé esperando con dos entradas de cine en la mano a que la señora se dignara a aparecer, pero la muy capulla se había cansado de curiosear y “no le apetecía hablar”.
Desde entonces he descubierto tres cosas:
1) Me encanta ir al cine sola.
2) Las heterocuriosas son demasiado volátiles.
3) No quiero más capullas curiosas en mi vida.
¡Hala, maja!
Lo conocí una noche de borrachera. Él estaba en modo ‘hater’ y a mí me salió el instinto protector. Parecía un cachorro abandonado pidiendo que lo adoptaran. Vendía que el mundo estaba en su contra y que su situación de desempleado deprimido era culpa del sistema y que, en realidad, él era un chico muy independiente, alegre y trabajador.
Y encima guapo, con un par de ojos azules y ricitos rubios. ¡Mi príncipe azul! Pasados unos meses, se me cayó la venda de los ojos (aunque más que una venda, eso era un edredón) y confirmé, tal y como me aseguraba todo el mundo, que era un vago y un caradura al que no le apetecía hacer nada excepto salir de fiesta, fumar y emborracharse.
¡Y su familia y yo teníamos que pagar sus vicios! Cuando conseguí quitármelo de encima, me acusó de maltrato (supongo que porque se le acababa el ‘alpiste’), echó cuatro lágrimas y a la semana, estaba con otra.
Acostumbrado a conseguirlo todo por su cara bonita, el vendehumos solo se acercaba a chicas que pudieran sustentar su ritmo de vida soltándoles la frase: “Préstame dinero que en cuanto tenga trabajo, te lo devuelvo.”
Tener rango de dinosaurio en pleno s. XXI es bastante duro… Por lo tanto, se pasan el día recordando viejos tiempos del Jurásico.
No importa que encuentren una chica que parezca nacida para encajar con ellos hasta el más mínimo detalle, estos capullosaurios solo valoran y recuerdan con gran nostalgia la/s chica/s que les destrozaron el corazón en sus primeros (remotos) tiempos de aventuras. Vamos, que les gusta más sufrir que a un tonto un lápiz.
Tienen poco interés por adaptarse a nuevos entornos; lo añejo es siempre un cálido refugio. Para qué descubrir y disfrutar nuevas experiencias si en su diminuto cerebro solo hay cabida para un tembloroso “mi ex y yo solíamos…”.
En fin, solo hay un remedio para extinguir a estos gigantes animales salvajes: ENVIANDO METEORITO EN 3, 2, 1…
A mi capullo le conocí durante mi Erasmus en Francia. La historia con mi francesito es muy normal hasta un episodio que tuvo lugar un lunes en la universidad.
Estando en clase, sentí algo incómodo “ahí abajo”; cuando fui al baño para comprobar qué era… “voilà!”: encontré el condón que habíamos usado el sábado anterior que, al parecer, se le salió durante el acto y anidó en mi vagina hasta entonces. Tras ir inmediatamente a por una píldora del día después, quedé con él para pedirle explicaciones y me soltó que eso era cosa mía, por no haberlo sentido dentro, y cortó conmigo esa misma noche sin darme apenas explicaciones.
Un mes más tarde, coincidimos en una discoteca y nos volvimos a liar (una no aprende). De camino a su casa le pregunté que por qué me dejó. Su respuesta fue que pensaba que era una española que quería quedarse embarazada de él para “pescarle” y que no se creyó que me hubiera tomado la píldora. No obstante, añadió que se había equivocado (puesto que no estaba embarazada) y que yo era su “princesa” y quería volver conmigo.
Evidentemente, me enfadé muchísimo y empecé a gritarle todo lo que me salía en español y en francés y acto seguido, me fui. Pero antes de perderle de vista me giré y le grité: “¡Y NO TE CREAS TAN PRÍNCIPE Y TIRA PAL ESTANQUE!”. Él no lo entendió, porque se lo dije en español, pero yo me quedé más ancha que larga.
Y pensamos: “Yo controlo, un par y a casa”. Cuando sabemos que eso jamás pasa. El capullo de garrafón te acabará liando, y tú lo beberás sin acordarte de lo mal que te sentó la última vez, o lo que es peor, creyendo que podrá sentarte bien en esta ocasión. Tu cuerpo no lo tolera, pero la tentación es más fuerte. Imagino que con el tiempo aprenderemos a beber, o al menos, a elegir mejores marcas, hombres de más calidad.